No son los primeros ni los únicos, son los míos

Hay que ver, yo, que vivo poniendo palabras unas detrás de otras, me quedé sin palabras. No me salían. No es la primera vez que me pasa. Me lo he observado en otras ocasiones. Es como si me desdoblara y viera, como en un teatro, todo lo que está sucediendo.

Era viernes y en la tele reponían Los Diez Mandamientos. Era Semana Santa.

Y el Jueves Santo perdí dos primos. Dos. Uno, por la mañana. Otro, doce horas después, por la noche.

Y yo me quedé sin palabras.

Con uno me crié. Era como un hermano. El hermano de quien es mi hermana de alma. El otro se ganó su condición de familia por matrimonio, pero sobre todo se la ganó por lo buena y gran persona que era.

Pero yo me quedé sin palabras.

Me sigo desdoblando. A veces me sirve para no hundirme. Tengo un hijo de once años que respira con mi dolor. Y sé que él debe vivir el duelo si le ha tocado vivirlo, pero también sé que aún es pequeño. Y yo me había quedado sin palabras. Y cuando no tengo palabras las lágrimas ocupan su lugar. Así que abrí esta hoja en blanco. Para que surgieran las palabras.

No son las primeras muertes por Covid19. Ni las últimas. Ya lleva el país más de 15.000, pero como dice mi madre, “cuando pasa por tu puerta, sabes que existe”. Lo mismo dijo mi hijo, ese que yo creo pequeño: “mama, cuando salen las cifras de las muertes por la tele son eso, cifras, pero cuando esas cifras son tuyas es cuando te das cuenta de la realidad”. Él no se había quedado sin palabras.

Me duelen mis tíos. Jamás unos padres deberían enterrar a un hijo. Pero es que ellos no han podido ni enterrarlo. Aún así fuimos afortunados. En el hospital que estaba, el Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona) hay un equipo de UCI que aplica, en tiempos de Coronavirus, protocolos empáticos. Su mujer pudo despedirse de él. Lo abrazó. Lo abrazó por cada uno de nosotros, sus familiares. Somos muchos. Fue un abrazo inmenso. Él está bien. Nosotros no, pero él está bien.

Y luego, por la noche, más de 50 agentes fueron a rendirle homenaje a su puerta. Mi primo, Carlos Coleto Amador, había sido guardia urbano de Barcelona, antes fue policía local del Prat de Llobregat (Barcelona), localidad en la que vivía. Allí se cuadraron todos y guardaron silencio, allí le aplaudieron. Tuvo un homenaje.

Yo me quedé sin palabras.

Y en ese momento en el que todos los vecinos y agentes le aplaudían, moría mi otro primo, Xavier Pere Juncar, presidente de la Unió Filharmónica del Prat de Llobregat.

Silencio. Shock.

A los dos les están llegando los homenajes por las redes sociales. Ambos eran personas muy amadas, que dejaron huella y que brillaron. Siguen brillando.

No son los primeros. No son los únicos. Son los míos.

Os amo.


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